El gato con bigote

Tejetintas

Desde que se levantó supo que aquel iba a ser un día raro. El despertador había sonado a la misma hora de siempre, el piso estaba silencioso y recogido y afuera se escuchaba el rumor habitual de todas las mañanas. Y sin embargo, el ambiente estaba revestido de un extraño halo de irrealidad, así que mientras le hincaba el diente a la tostada tuvo que asegurarse un par de veces de que no estaba soñando.

Pisó la calle todavía adormilada y se dijo a sí misma que no debía de haber descansado bien. Doblaba la primera esquina cuando avistó el primer signo de que aquella era, sin duda, una jornada inusual. Un globo rojo flotaba en medio de un paso de cebra. “Se le habrá escapado a algún niño”, pensó. No hubiera sido nada del otro mundo de no ser porque detrás de ese globo vino otro, y luego otro…

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